¿Quién no ha pensado repentinamente en alguien, del que hace años no nos acordábamos, y que sin embargo nos llama por teléfono en esos instantes? ¿Quién, después de un sueño, no se ha levantado inesperadamente con la resolución a un problema que centrifugábamos sin cesar en el cerebro, o con una desazón que nos impele a actuar por unos cauces distintos a los habituales?

¿Acaso no nos hemos sorprendido, en el contexto más insospechado, con una idea original que acude sin previo aviso a nuestro pensamiento? ¿Por qué hay personas más intuitivas que otras? ¿De dónde proviene la súbita inspiración que ha iluminado a los más destacados artistas, místicos y científicos de la historia? Nadie lo sabe con exactitud, pero es muy probable que la posible respuesta a estos y otros interrogantes se halle mucho más cerca de nosotros de lo que podamos imaginar.

ALGUNOS CASOS ASOMBROSOS

•  En 1898 el escritor británico Morgan Robertson publicaba una novela de aventuras titulada "Vanidad". La novela en cuestión narraba la odisea de un barco llamado "Titán" el cuál, tras chocar contra un iceberg, toma su último suspiro antes de hundirse inexorablemente en aguas del Atlántico Norte. Los paralelismos con la tragedia del Titanic son poco menos que desconcertantes: la eslora del Titán era de 275 m frente a los 271 m del Titanic, su tonelaje era de 25000 T frente a 30000 T, el número de botes salvavidas era de 24 frente a 20, ambos tenían 3 hélices, 2 mástiles, 25 nudos de velocidad máxima, capacidad para 3000 pasajeros y, por si fuera poco, el dramático suceso literario, en el que moriría la mayor parte del pasaje, tenía lugar en una noche del mes de abril. Todo esto narrado 14 años antes del 14 de abril de 1912, fecha del fatal desenlace.

•  El químico ruso Dimitri Mendeléiev, investigador pertinaz donde los hubiera, se propuso firmemente, allá por el año 1869, la difícil tarea de obtener la ordenación de los elementos químicos de la naturaleza, a través del descubrimiento de alguna variable que pusiera definitivamente orden en aquel aparente caos. Tras una noche especialmente agotadora de duro trabajo, el sueño se apoderó finalmente de él. Dentro de ese sueño tuvo la vívida imagen de una pizarra sospechosamente similar a la que utilizaba diariamente para sus cálculos, eso sí, con el dibujo de una serie de hileras que aparentemente encerraban una gran coherencia. En seguida tuvo la certeza de quien sabe reconocer que algo extraordinario le había dado la respuesta anhelada. Incluso anticipando el posterior descubrimiento de elementos químicos desconocidos por aquel entonces, cuyas propiedades supo prever (como fue el caso del galio, el escandio y el germanio), tuvo la genial idea de reservar espacios en blanco en su magistral clasificación. Había nacido la tabla periódica de los elementos.

•  Winston Churchill, primer ministro británico durante la II Guerra Mundial, en medio de una importante cena con sus ministros, se levantó inesperadamente para dirigirse a la cocina e inexplicablemente ordenar a todo el personal presente que se dirigiera sin dilación, y al parecer sin causa aparente, al refugio antiaéreo. Tres minutos más tarde una bomba destruiría completamente la cocina. En otra ocasión decidió no asistir a una demostración aérea. Ese día, un piloto por error, abrió fuego causando más de 20 muertos y 67 heridos sobre la tribuna en la que él debería haberse situado.

•  Fue el propio Adolf Hitler quien, durante una entrevista, narraría lo sucedido cuando prestaba sus servicios como cabo en la I Guerra Mundial: "me encontraba cenando en una trinchera con varios compañeros de milicia y de pronto sucedió lo impredecible. Repentinamente pareció que una voz me decía ¡levántate y vete allí!. La voz era tan clara e insistente que automáticamente obedecí, como si se tratase de una orden militar. De inmediato me puse en pie y caminé unos veinte metros por la trinchera. Después me senté para seguir comiendo, con la mente otra vez tranquila. Apenas lo había hecho cuando, desde el lugar de la trinchera que acababa de abandonar, llego un destello y un estampido ensordecedor. Acababa de estallar un obús perdido en medio del grupo donde había estado sentado. Todos sus miembros murieron" .

•  El gran compositor Richard Wagner, soñó gran parte de sus composiciones. En el caso de la magistral "Tristan e Isolda", llegó a decir: "Yo soñé todo esto, mi pobre cabeza nunca habría podido inventar semejante cosa intencionadamente".

•  En 1726, Jonathan Swift escritor irlandés famoso por ser el autor de "Los viajes de Gulliver" nos brindó en su novela, para posterior desconcierto, datos de la existencia hasta entonces insospechada de Fobos y Deimos, las dos minúsculas lunas descubiertas en 1877 por el astrónomo Aspa Hall. Haciendo referencia a los sabios astrónomos que gobernaban la misteriosa isla volante de su novela, dice lo siguiente: "han logrado la fortuna de distinguir claramente alrededor de Marte dos pequeños satélites". Hasta ese momento nadie sospechaba que alrededor de Marte orbitaran satélites naturales, ni mucho menos que fueran pequeños. Además, proporcionó datos valiosos sobre sus órbitas y distancias al Planeta Rojo, que se asemejaron a la postre con asombrosa exactitud.

•  El ya fallecido líder de la OLP Yasser Arafat, pudo salvar su vida de un inesperado ataque aéreo el 1 de octubre de 1985 gracias a un repentino cambio de planes. "Sólo mi sexto sentido me salvó" declaró al poco de producirse.

•  Las asombrosas coincidencias que el sin par Julio Verne dejó para la posteridad en sus múltiples relatos, representa uno de los ejemplos más paradigmáticos en cuanto a escritores que se adelantaron a su tiempo en más de un sentido. Quizás algunas de las más conocidas estén presentes en su famosa novela "De la Tierra a la Luna ". Para empezar, la trama se desarrolla en Estados Unidos justo un siglo antes de la misión Apolo XI, llevada a cabo por los americanos en 1969, cuyas dimensiones y peso coinciden con la nave descrita por Verne. Dicha nave tardó el mismo tiempo en ir y en volver de la Luna que el Apolo, alunizando y cayendo a Tierra en el mismo lugar en el que lo harían sucesivas misiones lunares.

•  El pequeño pueblo minero de Aberfan, situado al sur de Gales, pasaría a los anales de la historia el 21 de octubre de 1966 debido a una enorme tragedia humanitaria que sesgó la vida de 144 personas, entre ellas 128 niños. El colegio del pueblo, situado en la ladera de una serie de minas de carbón adyacente, se vio sepultado por una montaña de 200 metros de altura compuesta de carbón sobrante, al desprenderse debido a las lluvias caídas en semanas anteriores. En total, 500.000 toneladas de basura negra destruyeron todas las casas que se encontraron a su paso, hasta detenerse en el colegio. Lo curioso del caso es que, en días previos, numerosas personas afirmaron tener extraños presentimientos y sueños relacionados con "algo negro y grande que caía sobre la escuela cubriéndolo todo" tal y como Eryl Mai Jones de 10 años de edad, predijo a su madre dos semanas antes de morir. Incluso algún niño fue capaz de salvar su vida el fatídico día, al no asistir al colegio gracias a un persistente estado de desasosiego motivado por extraños presentimientos y sueños terroríficos. J.C. Barker, psicólogo inglés que investigó el caso, registró hasta 200 testimonios premonitorios en todo Gales.


Pueblo de Aberfan

•  El gran matemático, astrónomo y físico alemán Friedrich Gauss, descubridor de importantes teoremas y leyes matemáticas, se refería en estos términos tras finalmente probar un teorema de su teoría de números: "Finalmente, hace dos días, lo logré, no por mis penosos esfuerzos, sino por la gracia de Dios. Como tras un repentino resplandor de relámpago, el enigma apareció resuelto. Yo mismo no puedo decir cuál fue el hilo conductor que conectó lo que yo sabía previamente con lo que hizo mi éxito posible".

•  Un estudiante inglés de doce años, llamado Nigel Parquer, le contó a Arthur Koestler -uno de los más ilustres investigadores de la Sincronicidad - la siguiente historia: "hace muchos años Edgard Allan Poe escribió el relato de un naufragio en Las aventuras de Arthur Gordon Pym . Los cuatro supervivientes del naufragio pasaban muchos días en un bote antes de decidirse a matar y comerse al grumete, cuyo nombre era Richard Parquer... Unos años después, en el verano de 1884, el primo de mi bisabuelo era grumete de la yola Mignonette cuando ésta se hundió y los cuatro supervivientes navegaron a la deriva en un bote durante muchos días. Finalmente, los tres miembros mayores de la tripulación mataron y se comieron al grumete. Se llamaba Richard Parquer".

La recopilación de casos documentados, a lo largo y ancho de la historia, es interminable. Nos enfrentamos a distintos fenómenos perceptivos que sobrepasan con creces las leyes de la probabilidad y de toda lógica conocida, por tanto, creo que resultaría oportuno bucear en la búsqueda de una teoría -que no una respuesta definitiva- que pueda ser medianamente satisfactoria, a expensas de adentrarnos en un terreno que, para qué nos vamos a engañar, nos es del todo desconocido.

EL PODER DEL SUBCONSCIENTE

Sin embargo, no todo carece de explicación. Cierto es que esta misteriosa "información" siempre se cuela por las estrechas rendijas de nuestro consciente sin previo aviso y en los momentos más insospechados, acudiendo a nuestra mente en forma de ideas, frases, imágenes, sensaciones o emociones; pero ¿sería lógico considerar que cualquiera es susceptible, por ejemplo, de descubrir la ley de la gravitación universal por el simple hecho de que le cayera una manzana en la cabeza? ¿o de resolver la estructura de la molécula del benceno por que soñara con una serpiente que se muerde la cola, como le sucedió al químico Agust Kekulé ? ¿o que al cruzar la calle, tal y como cuenta el físico Roger Penrose, obtuviera la clave para un teorema sobre la naturaleza de los agujeros negros? Creo que la respuesta cae por su propio peso.

Si nos fijamos bien, gran parte de éstos y otros muchos casos comparten un mismo denominador común. No deja de ser casualidad que todos estos grandes científicos obtuvieran sus revelaciones en momentos de reposo mental: bien sea durmiendo, descansando en la naturaleza, o estando distraídos en cualquier otro asunto. Y es que, tal y como aseguran las modernas investigaciones en el estudio de la mente, dicho reposo es una de las principales claves para liberar la información almacenada en nuestro subconsciente, el cuál, después de acumular innumerables datos de manera autónoma, incuba la solución hasta el preciso e inesperado instante en que nuestro consciente baja la guardia, generando un pico en nuestras ondas cerebrales -similar al producido cuando se resuelve una ilusión óptica- que se traduce en un lógico sobresalto. Esta súbita inspiración o intuición -según se tercie-, ha sido bautizada por los científicos como "momentos ¡ahá!" . No cabe duda que esta ayuda extra fue fundamental, en ejemplos anteriormente mencionados como los de Mendeléiev, Wagner o Gauss; si bien es cierto, que a pesar de ser necesaria, no hubiera sido suficiente sin el contrapunto del análisis cuantitativo de los "datos revelados" gracias a sus vastos conocimientos. Ya en 1946, el gran matemático británico Godfrey H. Hardy, resumiría todo este proceso en su obra Mathematical Gazette :

"El curso típico de los hechos es más o menos como sigue. Hay un estadio de actividad plenamente deliberada, posiblemente con algunos resultados aunque ciertamente insatisfactorios [...] Luego viene un descanso, completo o parcial, impuesto o deliberado, el resultado de otra ocupación o dedicación a otros problemas diferentes, seguido por un momento de iluminación repentina. Luego viene un segundo período de esfuerzo consciente, esta vez con éxito, en el cual las líneas maestras de la solución aparecen claras. Luego, muy probablemente tras una larga espera, el estadio final que Hadamard llama de «precisión», en el cual los resultados son «formalmente escritos» y puestos en orden, un proceso cansino y de segundo orden, pero esencial."

Aún así, lejos de quedar definitivamente finiquitado el misterio inherente a este "don", la respuesta proporcionada abre nuevos interrogantes tan desconcertantes como los que originaron este debate. Miguel de Guzmán, autor de un interesante artículo al respecto titulado La actividad subconsciente en la resolución de problemas ( www.redcientifica.com ) lo plantea en estos términos: "[...] He de estar de acuerdo también en que no puede ocurrir que la mente inconsciente esté simplemente haciendo emerger ideas al azar. Tiene que haber un proceso de selección impresionantemente poderoso que permita que la mente consciente se deje perturbar solamente por ideas que tienen alguna probabilidad ."

El enigma está servido.

La función de almacenamiento que desempeña nuestro subconsciente, aún resultando desconcertante, parece ser fundamental a la hora de evitar una saturación innecesaria de datos que, de estar permanentemente presentes en nuestro consciente, dificultarían el normal funcionamiento de la mente en situaciones ordinarias. No es extraño, dada esta necesaria ocultación, que uno de los errores más comunes de quienes gozan de una mayor "originalidad de ideas" sea pensar, con un cierto romanticismo, que la fuente siempre es ajena a la información implícita de su cerebro. El famoso psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961) -del que nos referimos ampliamente más adelante- lo explicaba gráficamente al decir: "cuando algo se evade de nuestra consciencia no cesa de existir, como tampoco un coche que desaparece al volver una esquina se diluye en el aire. Simplemente está fuera de nuestra vista". No es prudente, por tanto, infravalorar a las primeras de cambio el enorme potencial que subyace dentro de nosotros.

Como tampoco sería descabellado, a la luz de los hechos, pensar que además de ayudarnos en la creación de ideas insólitas, la evolución, como sucede en muchas otras especies, nos dotara de una capacidad intuitiva que rozara lo extra sensorial (todos guardamos recientemente en la retina, la sorprendente noticia del extraño comportamiento de los animales, minutos antes del repentino maremoto del sudeste asiático, tratando de alejarse desesperadamente para no sucumbir al desastre), con el fin de que actuara eficazmente en la detección de algún posible peligro, contribuyendo así a nuestra supervivencia; todo ello desarrollado por nuestra mente, tras milenios de adaptación al entorno. El famoso psicólogo, antiguo profesor de Harvard y experto en inteligencia emocional Daniel Goleman, coincide en este punto al opinar que: "la sensibilidad intuitiva instantánea podría ser el vestigio de un primitivo y esencial sistema de alarma, cuya función consistía en advertirnos del peligro..."; así pues, esta alarma resonaría con fuerza tras un previo, constante y, al mismo tiempo, involuntario análisis de la información sensorial recibida, que arrojara como resultado la confirmación de una situación exterior anómala, por tanto, potencialmente peligrosa. Ejemplificando, es muy posible que el sujeto, desconcertado, aún sin entender el cómo y el porqué, tuviera la extraña certeza de que "algo anda mal" y actuara en consecuencia. Sería interesante saber si tanto Churchill como Arafat, fueron capaces de sentir anticipadamente "algún síntoma sensorial" (véase olor, sonido o imagen inusual) que les pasara en un primer momento de largo y que sin embargo, más adelante, activara todas sus alarmas. Con todo, creo que para hallar una respuesta que explique mejor éste y otros ejemplos anteriormente mencionados, deberemos dar otra vuelta de tuerca a los misterios que rodean el funcionamiento de nuestra mente.

UN FENÓMENO COLECTIVO

Frances Vaughan, una de las pioneras en los inicios de la psicología transpersonal, relaciona la intuición con el acceso a una fuente inagotable de conocimiento: "La intuición nos permite recurrir a la enorme provisión de conocimientos de los que no somos conscientes, incluyendo no sólo todo lo que uno ha experimentado o aprendido intencionada o subliminalmente, sino también la reserva infinita del conocimiento universal, en la que se superan los límites del individuo". Esta idea, lejos de resultar novedosa, fue acuñada en un principio por Carl Gustav Jung allá por el año 1920, para designar un inconsciente que trasciende lo meramente individual y que es compartido por todos los seres humanos, independientemente del espacio y del tiempo en el que se encuentren, siendo la estratificación de las experiencias milenarias de la humanidad: lo llamó Inconsciente Colectivo. Pero, antes de adentrarnos en este enigmático concepto, permitidme que vayamos por partes... ¿qué es lo que entendemos por inconsciente?

Hasta ese preciso instante, la noción de inconsciente se desarrollaba únicamente en el marco de lo estrictamente personal. Si bien es cierto que este concepto ya era previo a los trabajos de Sigmun Freud, hay que señalar que fue a partir de sus estudios cuando cobró una nueva dimensión, al ser por primera vez relacionado con fenómenos de represión. Según esta teoría -vigente en la actualidad- en la mente de cada individuo se acumulan los contenidos vivenciales olvidados o reprimidos en base a su pasado personal, residiendo en un lugar velado que no alcanza el umbral de la conciencia ordinaria -a un nivel de profundidad superior al subconsciente- pero, a pesar de ello, ejerciendo claras influencias en su vida. Básicamente, el padre del psicoanálisis moderno, desarrolló sus teorías gracias al estudio de los sueños, que es la forma en la que se materializan estos deseos reprimidos, a los que les daba una interpretación casi exclusivamente de origen sexual, probablemente debido al reflejo de sus propias obsesiones (hoy en día se sabe que muchos de estos sueños no la tienen). El inconsciente pues, cumpliría entre otras, una función de defensa, al albergar experiencias traumáticas "olvidadas".

 

¿Cómo podríamos entender el enorme salto cualitativo que dio Jung con su nueva teoría, al vincular el TODO con el individuo? Para explicar lo mejor posible el concepto de Inconsciente Colectivo, Jung comparó nuestras mentes a los continentes o islas del planeta. La conciencia de cada uno de nosotros sería lo que emerge del océano, estando separada por éste de otras conciencias. Así sería el nivel perceptivo habitual, en el que nos desenvolvemos diariamente con los demás. A medida que descendemos bajo la superficie del mar, descubrimos que existe una plataforma continental en la que se asienta, que representaría el inconsciente individual al que nos hemos referido. Sin embargo, a mayor profundidad, ya en el fondo, sólo habría una única Tierra que conectaría a todas las islas y continentes: este nexo en común sería el Inconsciente Colectivo. Según Jung, a diferencia de nuestro Yo individual, dicho inconsciente sería infinitamente sabio y viejo, de hecho contendría todas las experiencias del Universo, al fundirse el pasado, el presente y el futuro, en un presente continuo. Podría ser, según él, el equivalente al concepto de Dios dado por todas las religiones y, al mismo tiempo, "la fuente de la conciencia y del espíritu creador" . Se distanciaría entonces de la concepción freudiana de inconsciente, al no presentarlo únicamente como un sedimento de hechos dolorosos que deben ser reprimidos, anulados o soterrados; sino conjuntamente, como la raíz de toda creatividad, extraída de un eterno océano de sabiduría.

Jung

La manera en la que este conocimiento se manifestaría, tratándose de un saber universal, no podría depender de la cultura en la que hiciera acto de presencia, como tampoco de su contexto histórico, trascendería por consiguiente todo lenguaje estructurado. A estos símbolos, comunes al conjunto de la humanidad, los denominó arquetipos. Los arquetipos serían los modelos originales o primarios de todas las cosas, "el núcleo de un complejo" tal y como los definió, o comparativamente "una tendencia tan marcada como el impulso de las aves a construir nidos, o el de las hormigas a formar colonias organizadas". Jung, como gran estudioso que era de las distintas culturas y religiones (sobre todo las primitivas, las orientales, o las de reconocido esplendor creativo como la egipcia, la griega y la romana) se percató que era en la repetición de los mismos motivos en sueños, en las mitologías -salvo pequeños detalles propios de cada civilización- y deseos de la colectividad, que estos símbolos tomaban forma, transmitidos por un proceder implícito, no siempre comprensible desde un punto de vista racional. Prestemos atención a las enormes similitudes existentes a la hora de interpretar un mismo sueño, por ejemplo, entre el oniromante de Marco Aurelio, y un remoto pueblo de Malawi (como se plasmó en un estudio comparativo realizado en 1926 por antropólogos que estudiaron ambas culturas); o al mito del semidiós -superhéroe- con poderes excepcionales que viene a ayudar a la humanidad; o a la creencia global en un paraíso más allá de esta existencia de sufrimiento; o a la propensión, que tiene el hombre moderno, de padecer idénticos temores y debilidades que sus ancestros; o a que aspire a las mismas metas de respeto y consideración por parte de sus congéneres; o a que nos comportemos de forma similar cada vez que queramos atraer la atención del sexo opuesto; o al paralelismo entre los ritos tribales y folclóricos en todo el mundo, donde el ritmo de la percusión y las danzas alrededor de una hoguera, se entremezclan con cánticos ceremoniales; o a las semejanzas en las manifestaciones artísticas, en las deidades asociadas a fenómenos naturales, en las religiones, etc.

Jung insistía en que a través de nuestros sueños y visiones, podíamos experimentar mitos y conocimientos ajenos a nuestra cultura, aunque ni siquiera sospecháramos de su existencia. Bien, las pruebas empíricas están ahí, pero "¿por qué -se preguntaba- este contacto tiene que ser tan fugitivo? ¿Se prolongaría tal vez un tiempo más largo si fuéramos receptivos y relajados, en vez de críticos o curiosos?" Está claro que se antoja una empresa imposible acceder a este saber intuitivo desde la conciencia ordinaria, de no ser así no estaríamos tratando este enigmático asunto. Por otro lado, el que suela revelarse en los sueños, nos da una pista significativa, en tanto en cuanto, en ese estado estamos mucho más libres de todo prejuicio y condicionante cultural. Entonces ¿cuál sería la receta para este cóctel cognitivo? ¿Olvidarnos por unos momentos de todo lo que satura diariamente nuestra mente? ¿Buscar la quietud interna? Desde luego, tal y como sucedía con los contenidos vivenciales almacenados en el subconsciente, ésta parece ser una de las claves, entendiendo por olvido y quietud, la desconexión momentánea de la mente analítica, para así conectar eficazmente con el inconsciente. Imaginando el consciente y el inconsciente como opuestos en una balanza, al bajar un extremo, el otro tenderá a subir facilitando la transferencia de información de un lado al otro. En este sentido, los pocos estudios que existen en cuanto a las mancias, revelan que el soporte físico de éstas, lo que logra básicamente es mantener distraída a la mente racional. Así pues, si debemos de ser por unos momentos "menos conscientes" ¿no implicaría esta suposición minimizar nuestro ego, nuestra percepción personal, nuestra visión particular -aunque absolutista- de lo que entendemos por real ? Para Jung, tan sólo disminuyendo el Yo que creemos tan importante, creamos el vacío suficiente como para que algo trascendente pueda deslizarse hasta nuestra conciencia y darnos ese sentido profundo de identidad del que estamos tan carentes, disolviendo el pasado y el futuro, la división mente-cuerpo, sujeto-objeto, exterior-interior, etc. Como quiera que todos los senderos escogidos terminan -a largo plazo- confluyendo hacia una única Verdad, los budistas se refieren a lo mismo, hablando de la necesaria ruptura con la "mente individual ordinaria" para así alcanzar el estado de liberación absoluto, y por ende, la auténtica sabiduría: "Imaginemos un jarro vacío. El espacio interior es exactamente el mismo que el espacio exterior. Sólo sus frágiles paredes separan el uno del otro. Nuestra mente de buda está encerrada entre las paredes de nuestra mente ordinaria. Pero cuando nos volvemos iluminados es como si el jarro se rompiera en mil pedazos. El espacio de dentro se funde instantáneamente con el espacio de fuera . Se convierten en uno, y en ese mismo instante nos damos cuenta de que nunca fueron distintos ni independientes el uno del otro; siempre fueron lo mismo" (extraído de El libro tibetano de la vida y de la muerte Ed. Urano ). Espero que, cuando menos, el evidente paralelismo nos incite a la reflexión.

Las dos teorías propuestas hasta ahora, en relación al estudio de la conciencia humana, han arrojado como resultado un cierto equilibrio entre lo racional y lo insólito, entre lo que se puede lógicamente entrever y un sutil nexo invisible no siempre evidente para la mayoría. No obstante, ésta frágil unión se romperá en el empeño de acercarnos a una posible solución a algunas de las preguntas planteadas al principio. En la segunda parte, profundizaremos tanto en el mundo de la física cuántica y de la relatividad, como en las siempre inefables experiencias místicas. Un mundo cuando menos delirante, regido por el más puro de los sin sentidos.

“Existió una vez una señorita llamada Brillo, que se movía más rápido que la velocidad de la luz. Un día partió de viaje por un camino relativo ¡y regresó la noche anterior!”
(ANÓNIMO)
 

TODO ES RELATIVO

Jung propuso la inquietante idea de que el espacio y el tiempo podían no tener una existencia real y objetiva. Tal vez –sospechaba– no pasen de ser meros conceptos creados por la psique humana, en el curso de los intentos de la ciencia empírica por hacer del Universo algo racional y mensurable: ”[...] en relación con la psique, el espacio y el tiempo son, por así decirlo, elásticos, por cuanto pueden, al parecer, reducirse a voluntad aproximadamente a cero. Vale decir, parece como si dependieran de condiciones psíquicas y no existieran en ellos mismos, sino que fuesen sólo «puestos» por la conciencia”. Hemos de reseñar que esto nos obligaría a romper con la lógica convencional que utilizamos normalmente, aquella que considera al tiempo y al espacio entes inmutables y absolutos; es decir, independientes del observador y por lo tanto del sistema de referencia escogido para medirlos. Hoy por hoy, la ciencia actual ha materializado esta ruptura. La visión determinista de la física clásica, propugnada por Newton, que tanto ayudaba en la comprensión de los fenómenos macroscópicos de la naturaleza quedó, tras la aparición de las teorías revolucionarias de Einstein y Max Planck, en agua de borrajas en su pretensión de ofrecer una explicación definitiva y “racional” al porqué de las cosas.

Jung propuso la inquietante idea de que el espacio y el tiempo podían no tener una existencia real y objetiva.

La Teoría de la Relatividad, supuso el primer gran cisma en esta aventura del conocimiento humano, ya que a partir de ella, el mundo de la razón y la lógica, dejarían de ser las señas de identidad del paradigma científico. Einstein en su día, pudo extraer multitud de implicaciones “anómalas” que se derivaban de una suposición que a la postre resultó ser cierta: la constancia de la velocidad de la luz. En su teoría especial, la velocidad con la que se mueve el observador determinaría su medición con respecto al tiempo y al espacio. De hecho, una medición realizada a velocidades cercanas a la de la luz, en relación a un suceso, arrojaría un resultado totalmente distinto a si ese mismo suceso fuera medido por un observador en reposo. Dado que, por tanto, la descripción de todos los fenómenos dependería en gran medida de las condiciones particulares en las que se encuentra cada medidor, Einstein –acertadamente–  decidió hacer referencia a este carácter “relativo” de la naturaleza al bautizar a su teoría. Pero no conforme con su hallazgo, decidió dar un paso más en la comprensión de este misterio, en lo que denominaría teoría de la relatividad general. En ella, pudo demostrar que la presencia de cualquier objeto, por el simple hecho de tener masa, distorsionaría el tejido espacio-temporal circundante, tal y como la hendidura que provocaría una bola de hierro en una sábana, desviaría el movimiento rectilíneo y los relojes de cualquier “nave espacial” que se acercara demasiado a esa “alteración” en dicho tejido. Este fenómeno se pone claramente de manifiesto en las cercanías de las estrellas de mayor masa o de los agujeros negros. Nació así un concepto ampliado de lo que se entendía hasta ese momento como gravedad.

Las implicaciones de todo lo expuesto hasta ahora han obligado a muchos de los más prestigiosos físicos de la actualidad, a plantearse que quizás el pasado no es algo que haya dejado de existir, ni el futuro algo que aún no exista (de hecho, si admitimos la posibilidad de que los casos relatados en la primera parte de este artículo vayan más allá de la mera casualidad, estaremos implícitamente reconociendo que, de alguna manera, si podemos aunque sea inconscientemente “ver” el futuro, es porque éste ya existe en alguna dimensión desconocida); en palabras del propio Einstein: “Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre ayer, hoy y mañana, no es más que una ilusión” lo que converge sorprendentemente con algunos textos extraídos de las enseñanzas budistas: “Fue enseñado por el Buda, que... el pasado, el futuro, el espacio físico... no son sino nombre, formas de pensamiento, palabras de uso común, realidades meramente superficiales”. Como ejemplo, baste aproximarnos al estudio de los “diagramas de espacio-tiempo” (utilizados en la física relativista para representar las interacciones entre partículas) o a la física de los agujeros negros. En ambos casos, el tiempo puede detenerse o incluso “moverse” desde el futuro hacia el pasado, presentándose a menudo los efectos antes que las causas. Adiós al principio de causalidad.

Albert Einstein, autor de la teoría de la relatividad.

Llegados a este punto de nuestro recorrido, valga el siguiente ejemplo –extraído de otros autores– para ilustrar el continuum espacio-tiempo. Imaginémonos en la más absoluta oscuridad, caminando a lo largo de un infinito pasillo repleto de objetos. Provistos de una linterna, el haz de luz iría enfocando los objetos que surgen a nuestro paso, tal y como el presente desvela cada nuevo acontecimiento. De esta manera, cada objeto pasaría de tener su fugaz y efímero momento de protagonismo para luego permanecer nuevamente oculto tras los ecos de nuestros pasos. Los objetos que ya hemos visto o que aún no hemos iluminado, no dependen de que los captemos a través de nuestros sentidos para que existan o continúen existiendo. Éste es el quid de la cuestión, ya que tendemos a considerar real tan sólo aquello que podemos percibir sensorialmente (por esa regla de tres, el Universo giraría alrededor de una Tierra plana, la materia estaría compuesta de elementos sólidos e inmóviles, y no existiría la radiación ultravioleta, como tampoco los ultra e infrasonidos; por citar algunos ejemplos). Con todo, la pregunta del millón podría ser ¿teóricamente sería humanamente posible acceder libremente a este continuum espacio-temporal? Físicamente por lo menos, parece bastante improbable, por no decir imposible. Para viajar al pasado deberíamos rebasar la velocidad de la luz –como hace la señorita Brillo de nuestro ejemplo– el problema es que ni tan siquiera nos podríamos plantear dicha entelequia con un mínimo de rigor (a no ser que fuera el tejido espacio-temporal el que “nos moviera” a una velocidad mayor que la de la luz, como ocurre en las cercanías de un agujero negro). En teoría sería mucho más plausible viajar al futuro si nuestra masa permitiera acercarnos a velocidades próximas a la de la luz, aunque para ello las ecuaciones nos indiquen que necesitaríamos una cantidad infinita de energía o que dicha masa fuera cercana a cero (tal y como sucede con algunas partículas elementales). Pero, y aquí viene mi gran duda: ¿y la información presente en nuestra psique? ¿y la consciencia? ¿estarían limitadas por estas barreras que se antojan insalvables en el universo físico?

ESOS “MALVADOS CUANTOS”

Parece ser que no. O por lo menos así se deduce de algunos hechos científicos que invitan a pensar en esta posibilidad. Refirámonos nuevamente al socorrido Einstein para ilustrar uno de los experimentos teóricos más desconcertantes, de la ya de por sí desconcertante física cuántica. Antes que nada, para situar este experimento en su justo contexto, hemos de señalar que si bien no fue fácil para la visión cartesiana que se tenía del mundo, aceptar la “lógica” de los fenómenos relativistas, mucho más complicado fue encajar el varapalo que suponía para la tan sobre valorada razón, la aceptación de la física cuántica (que, al contrario que la relatividad, estudia lo infinitamente pequeño). Richard Feynman uno de los físicos teóricos más importantes que han existido desde Einstein y premio Nobel de física en 1965, escribió en cierta ocasión: “[La física cuántica] describe la naturaleza como algo absurdo desde el punto de vista del sentido común. Pero concuerda plenamente con las pruebas experimentales. Por lo tanto, espero que ustedes puedan aceptar a la naturaleza tal como es: absurda”. Por esto y por su indeterminismo subyacente, al no predecir cómo evoluciona el Universo, sino tan sólo la probabilidad de que alguna evolución particular pueda producirse, a muchos científicos de la época, y en particular a Einstein, no les agradaba en absoluto: “Dios no juega a los dados”, advertía a los incondicionales de la teoría de los cuantos (lo curioso del caso es que Einstein tuvo mucho que ver en la creación de su “demonio” particular, con la explicación del efecto fotoeléctrico, por el que obtuvo el Premio Nobel). Como consecuencia, en mayo de 1935, armado de su ingenio, propuso junto con dos de sus colaboradores, un experimento imaginario para desbaratar de una vez por todas a “los malvados cuantos”: la paradoja E.P.R. (Einstein, Podolsky y Rosen).

Los dibujos de Escher son una muestra de que incluso en lo absurdo existe un sentido del orden.

Imaginemos dos fotones (que previamente estuvieron “juntos”) emitidos simultáneamente, que se alejan en direcciones opuestas. Pues bien, dado que según los principios cuánticos, el sistema compuesto por ambas partículas antes de la separación queda descrito por una única función de onda, esto implica, que desde el mismo momento que alteremos una de ellas con su medición (distintos experimentos han demostrado sobradamente que el hecho de “medir” altera el suceso observado, de tal manera que nunca podremos observar la realidad sin que influenciemos sobre ella, sencillamente porque formamos parte de la realidad) estaremos alterando instantáneamente la otra. Es decir, si al medir una de ellas, su función de ondas colapsa adquiriendo por ejemplo el valor +1; se sabe indefectiblemente que la otra también colapsará, adquiriendo respectivamente el valor –1 ¿Cómo es posible que la segunda partícula “capte” al mismo tiempo que su “compañera” está siendo medida? Si las dos, al ser fotones, viajan en sentidos contrarios a la velocidad de la luz ¿no es cierto que esto implicaría que la información transmitida rebasara con creces dicha velocidad, es más, que fuera instantánea? ¿No se vulneraría la Teoría de la Relatividad? Sólo había dos salidas posibles a esta disyuntiva: o bien aceptar que la Relatividad es falsa, lo cual no daba pie al haber quedado suficientemente corroborada; o bien, serían falsos los planteamientos de esta nueva rama de la física. De ahí la paradoja. No es de extrañar que Einstein se frotara las manos ante su hipotético éxito. Sin embargo, el bueno de Einstein quedaría en entredicho cuando posteriormente se pudo comprobar experimentalmente cómo, en efecto, ambas partículas parecían estar conectadas entre sí por una variable no local (que actúa sin una causa aparente) desconocida.

Recientemente, el Dr. Nicolas Gisin de la Universidad de Ginebra envió dos fotones en direcciones opuestas a través de un canal de fibra óptica. Una vez distanciados unos 10 km, se toparon cada uno de ellos con una lámina de cristal ante la cual sólo tenían la opción de cruzarla o rebotar. Dado que no es posible desde el punto de vista de la física clásica la comunicación entre ellos, la respuesta más obvia sería que sus “decisiones” fueran independientes. Sin embargo, ambos fotones tomaron la misma “decisión” en el mismo instante de tiempo. Numerosos experimentos confirman lo mismo, y que seguiría sucediendo así, aún cuando ambas partículas se encontraran en extremos opuestos del Universo; e incluso, en épocas diferentes. Según pensaba el prestigioso físico John S. Bell en 1965: “existe la posibilidad de que las partículas permanezcan conectadas por un nivel subcuántico no local que nadie conoce”. Pero entonces ¿se vulneraría o no la teoría de la relatividad? No, si como aventuran algunos físicos lo que se transfiriera no fuera energía, sino información... muy bien, ¿pero cómo se transmitiría dicha información...? Aunque durante la vida de Einstein no fue posible experimentalmente comprobar la veracidad de este extraño fenómeno cuántico, tal vez, adelantándose a un posible fracaso y muy a su pesar, tuvo que reconocer en una carta al Dr. Jan Ehrenwald en 1946 lo siguiente: “No tenemos derecho, desde un punto de vista físico, a negar a priori la posibilidad de la existencia de la telepatía” ¿A tal extremo llegó este asunto, que hasta el científico más relevante de la historia tuvo que considerar que la telepatía fuera posible?

“No tenemos derecho, desde un punto de vista físico, a negar a priori la posibilidad de la existencia de la telepatía”

Lo cierto es que éste, no es un terreno en el que los actuales científicos se encuentren a gusto; tal y como el físico Yakir Aharanov asegura: “los científicos han afrontado este problema, no pensando en él”. Y es que, las implicaciones de este experimento se adentrarían en lo que tantas tradiciones místicas llevan asegurando desde el principio de los tiempos, a saber: si hace quince mil millones de años, todo el Universo estaba “unido”, en un infinitesimal punto de materia infinitamente denso que incluía también el tiempo y el espacio, tal vez no sea excesivamente descabellado considerar que hoy, toda la materia (la unión de todas estas partículas) continúe en contacto, unida por un nexo invisible, independientemente del tiempo y de la distancia que las separe... “Entrando en el samadhi (estado mental) de pureza –asegura un antiguo texto hindú– se obtiene la intuición reveladora de todo, la cual permite llegar a ser consciente de la unidad absoluta del Universo”; o en las bellas palabras del poeta británico Francis Thompson: “Por un inmortal poder, todas las cosas lejanas o cercanas, están ocultamente ligadas entre sí, de modo que no puedes arrancar una flor sin perturbar las estrellas.” Que cada cual extraiga sus propias conclusiones.

Nota: Invito al lector interesado, si quiere sorprenderse aún más con la física cuántica, que busque en Internet información sobre el experimento imaginario del "gato de Schrödinger", el experimento de la doble rendija (con el planteamiento de las trayectorias sumadas de Feynman) o la teoría cuántica de los universos paralelos, asociada al colapso de cada función de onda mediante la intervención de la conciencia.

Gabriel Encinas

 

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