En España suelen sucederse muy pocos casos y este podría ser, si se pudiera confirmar, el mejor de todos ellos. La posibilidad de que este cráneo pudiera ser de un animal extinto es cuanto menos extraordinario. Contar solo con las fotografías es una pena, pero a la vez una interesante posibilidad.
Una extraña bestia varada en Cádiz

Las circunstancias en las que se suelen producir la mayoría de los descubrimientos del tipo que sean, suelen ser por lo general bastante fortuitas. Los protagonistas de esta historia no podían siquiera imaginar que aquella mañana tranquila y algo nublada de Agosto de 2002 se toparían de lleno con lo inexplicable. Sergio Pérez González, se dirigían, como habían realizado ya en multitud de ocasiones, a una playa ubicada en Zahara de los Atunes, Cádiz. Una vez en la zona, se dispusieron a buscar el mejor sitio del lugar para aprovechar las primeras horas de una tarde que ya comenzaba a despuntar. Finalmente, el sitio les eligió a ellos.

Mientras caminaba por la húmeda y dorada arena de la playa Sergio se percato de que algo anómalo había sido arrastrado por la corriente hasta dejarlo abandonado a su suerte en aquella playa de Bárbate. Se acerco a investigar y observó lo que a todas luces parecían los restos de algún animal marino que había pasado a mejor vida, sin embargo, pese a sus escasos conocimientos de biología marina, Sergio no pudo por menos que reparar en que aquello no se parecía a nada que hubiera visto antes.
Lo primero que le llamo la atención, fue la enorme cuenca ocular que presentaba el cráneo, así como la forma alargada y puntiaguda del mismo. El estado de descomposición era avanzado, lo que hacia muy complicada su identificación, por lo que decidió hacer una serie de fotografías con la única cámara que tenía a mano, la de su teléfono móvil. Realizó varias instantáneas desde diferentes ángulos y se cuido de sacar algunas con determinadas referencia para poder calcular el tamaño del extraño animal.

ESFUERZOS DE IDENTIFICACIÓN

Con las fotos en su poder, y la incertidumbre de no saber que podía ser aquello, nuestro testigo decidió buscar ayuda, comenzando así una ardua investigación que trataría de identificar aquello que la mar había tenido la deferencia de arrojar de sus entrañas.

Sergio nos envió las imágenes a nuestro correo electrónico con la esperanza de que pudiéramos ayudarle con la identificación del cráneo encontrado. Junto con las imágenes, nos relató todos los detalles que recordaba de aquel día, y nos facilitó una descripción bastante fidedigna de lo que pudo comprobar “in situ”, enviándonos además un boceto de su investigación de campo. Sus actuales estudios de Biología en la Complutense le sirvieron ayudaron a llevar a cabo la tarea.

Estimó que la longitud del cráneo debía rondar los 50cm de largo, siendo su cuenca ocular de unos 15-17cm de diámetro. Las mandíbulas estaban perfectamente unidas, siendo prácticamente indistinguible la separación entre ambas. La mandíbula superior era en su punta especialmente cartilaginosa y la inferior “picuda y ósea”. El cráneo, que tenía forma de cuña, albergaba dos cuencas oculares desmesuradas de las que se desprendía el globo ocular que media aproximadamente entre 5 y 7cm de diámetro, siendo el parpado duro y coriáceo.

La poca piel que podía distinguirse del ejemplar era “parecida a la de un tiburón, de color gris oscura mate, pero de textura fina y algo coriácea”. Además del cráneo, el testigo observo algunos restos del cuerpo, describiendo lo que creía que eran aletas anales y jirones de piel en avanzado estado de descomposición.

Desafortunadamente, los restos hallados, debido a su considerable tamaño, no fueron conservados, por lo que lo único con lo que contábamos para su identificación son las propias imágenes y el testimonio de Sergio. Con las escasas evidencias pero con gran determinación, decidimos hacer todo lo que estaba en nuestras manos para tratar de identificar a la extraña bestia marina.

LA OPINIÓN DE LOS EXPERTOS

Las enigmáticas fotos del cráneo varado en una playa del municipio de Zahara de los Atunes fueron enviadas a varios expertos, nacionales e internacionales, para que las analizasen. Estos gustosamente aportaron sus vastos conocimientos sobre la materia para intentar arrojar algo de luz sobre aquél extraño cadáver varado en costas gaditanas. Aunque las opiniones fueron diversas, incluso enfrentadas entre si, la percepción inicial con la que todos coincidían es que las imágenes presentaban, tras un primer examen, algo realmente curioso, insólito e interesante.

George R. Zug forma parte de la División de Anfibios y Reptiles del instituto Smithsonian, institución ubicada en Washington DC, USA, habiendo sido incluso conservador de dicha sección. Es por lo tanto biólogo especialista en este grupo de animales. Su respuesta, obtenida mediante correo electrónico, resulta bastante sorprendente y a la vez enormemente alentadora. Al recibir el material gráfico su reacción inicial le llevó a pensar que el cráneo de la criatura en cuestión pertenecía a algún tipo de cetáceo.
Esta variada familia se compone de ballenas, delfines, calderones, orcas y demás especies afines adaptadas al medio acuático.

No obstante, y tras fijarse concienzudamente en todas las características que se podían distinguir en las múltiples fotografías, su opinión cambio drásticamente. El Dr. Zug indicó magistralmente que algunos dientes alojados en la parte posterior de la mandíbula, apenas visibles en la prácticamente cerrada boca, apuntaban hacia atrás. Es decir, son curvos o cónicos en apariencia (como ocurre en los reptiles acuáticos) y no rectos, característica propia de los mamíferos marinos. Bajo su óptica quedaba descartada la posibilidad que nos encontrásemos ante algún tipo de delfín o ballena. Además la imagen que muestra una vista posterior del cráneo indica que el cóndilo occipital, articulación redondeada que sirve de apoyo al cráneo con la primera vértebra cervical, es sencillo. Las aves y reptiles muestran un solo cóndilo occipital, mientras que los mamíferos poseen dos, diferenciando de inmediato ambos grupos. No obstante Zug sugiere que tal vez el animal hubiese sido decapitado y tal vez la instantánea muestra, dándonos una falsa información, un corte propinado en una de las vértebras del cuello. Este investigador concluye aquí su análisis del archivo fotográfico enviado.

¿REPTIL MARINO?

Ateniéndonos a las opiniones vertidas por el Dr. Zug, y asumiendo que el análisis es realizado sobre unas imágenes de baja calidad, obtenidas de restos de un cráneo en avanzado estado de descomposición, éstas no dejan de resultar realmente extraordinarias. El experimentado herpetólogo determina, con cierta precaución, que el extraordinario animal podría pertenecer a un grupo de reptiles que desarrollen su vida en ambientes acuáticos. Y es aquí donde comienza el verdadero dilema.
Los principales saurios de agua dulce, pero que pueden llegar a habitar ecosistemas costeros ligados al medio marino, son la Anaconda (Eunectes murinus), el Cocodrillo americano (Crocodylus acutus), el Australiano (Crocodylus porosus) y el del Orinoco (Crocodylus intermedius) así como los Dragones de Komodo (Varanus komodensis) y el Varano del Nilo (Varanus niloticus). Estos, unidos a las restantes 21 especies de cocodrilos y al grupo anfibio de las salamandras gigantes (3 especies), representan a grandes rasgos la biodiversidad de reptiles/anfibios vinculados a un modo de vida dulceacuícola (por razones obvias hemos suprimido a los quelonios y ranas/sapos de este apartado). Si a todos estos escamosos, en la mayoría, animales sumáramos las siete especies de tortugas exclusivamente marinas, la sorprendente y única iguana de las Galápagos (Amblyrhynchus cristatus)  y las cerca de 50 especies de serpientes de mar, nuestro cuadro de saurios acuáticos, tanto oceánicos como fluviales, quedaría virtualmente completo.
Sin embargo, y aún contando con este nutrido grupo de especies, tenemos varios problemas a la hora de tratar de identificar a nuestro inusual visitante submarino. El primero de ellos es la ubicación geográfica. Las costas sureñas de la península ibérica quedan bastante alejadas de las zonas de distribución de casi todos los organismos anteriormente mencionados. Y aunque esto lo solventáramos deduciendo que tal vez la desconcertante carroña hubiese sido arrastrada por las corrientes marinas, continuaríamos tropezando con el siguiente obstáculo. La morfología del animal no encaja con ninguno de los comentados hasta ahora. Lamentablemente tanto el plan corporal como la forma de la cabeza de nuestro enigmático ser no casa con el diseño anatómico de ninguno de los reptiles/anfibios incluidos en nuestra concienzuda lista. Por lo tanto la pregunta es obvia, ¿Qué extraordinaria criatura acuática vino a dar con sus huesos a la ya famosa playa gaditana?

VIAJE AL PASADO

Los plesiosauros (cuyo significado viene a corresponder con el de “casi lagartos”) no eran dinosaurios, si no reptiles acuáticos pertenecientes al orden de los Sauropterigios (lagartos con alas, claramente refiriéndose a las desarrolladas aletas). Además fueron parte importante de la ecología de los océanos  del Triásico (aprox. 225m.a.) hasta el final del Cretácico (hace unos 65m.a.). Descritos científicamente en 1821 fueron de las primeras formas prehistóricas catalogadas por los paleontólogos.

Durante el cretácico tardío evolucionaron hacia dos bien diferenciados, pero estrechamente  relacionados, grupos. Estos son comúnmente denominados como Pliosaurios (cuello corto) y Plesiosaurios (cuello largo).La primera variante presentaba formas de pequeño a gran tamaño. Aquí encontramos especies que podían ir desde los 3 m. de largo a los 15 m. de longitud total. Normalmente presentaban largas y estrechas mandíbulas armadas de puntiagudos dientes, aptos para atrapar peces y calamares de los que generalmente se alimentaban. Probablemente se trataba de veloces nadadores. Por el contrario, el extremadamente largo cuello de los Elasmosaurios estaba rematado por un ancho y corto cráneo. Estos llegaban a medir más de 15 m. de longitud, pudiendo llegar a pesar los ejemplares adultos varias toneladas.

Muchos investigadores han propuesto que las hembras de éstas especies daban a luz a sus crías vivas, es decir, eran vivíparas, tal y como ocurría con los ictiosaurios, los lagartos pez. Parir de esta manera parece lógico considerando el enorme tamaño y peso de estos auténticos colosos oceánicos. Por ello consideramos que salir fuera del agua para poner huevos en tierra firme seria una ardua tarea para una criatura de semejantes proporciones. Además, es sabido por estudios anatómicos, que los movimientos de las aletas eran muy limitados mientras la criatura se hallaba fuera del medio acuático. La mayoría de los paleontólogos especializados en reptiles marinos dudan que estas bestias pudiesen cavar un nido en la playa. No es difícil de imaginar como el incómodo terreno arenoso haría del grácil y formidable depredador marino un torpe y patoso ser.
Los fragmentos fosilizados de algunas especies de plesiosaurios concuerdan en gran medida con los restos hallados en Cádiz, haciendo de éstos un candidato ideal para su posible identificación. No obstante esta afirmación nos plantea un reto aun mayor que los anteriormente expuestos, ¿Cómo un cráneo de plesiosauro, animal extinto hace millones de años, puede aparecer repentinamente en las costas de Cádiz?

OPINIONES ENFRENTADAS

A pesar de que la explicación del Dr. Zug, es la más atractiva, no es ni mucho menos la única. Para otra de las personas que trato de ayudar en la investigación, los resultados de sus análisis, dejaban claro que los restos pertenecían a algo más cercano a nuestra época. El Dr. Mike Everhart es especialista en reptiles marinos prehistóricos y ha sido conservador de la sección de Paleontología del museo Sternberg de Historia Natural, perteneciente a la Universidad estatal de Fort Hays, Kansas. Es también el presidente de la Academia para las Ciencias en dicho estado y miembro activo de la sociedad de Paleontología de Vertebrados. Ha organizado varias expediciones, escrito cientos de artículos y varios libros sobre el tema, por lo que lleva trabajando con fósiles más de 20 años.

Inicialmente Everhart admite la gran similitud entre el cráneo mostrado en las fotografías con el de algunos antiguos pobladores oceánicos. Lo compara por ejemplo, con algunas especies de pliosaurios, ictiosaurios, mosasaurios e incluso con Basilosaurus, una alargada ballena prehistórica. No obstante sus breves pero interesantes comentarios terminan con un pequeño problema.

Para él la fotografía que muestra la parte superior del cráneo retrata, como a través de rayos X, la cabeza de un mamífero. Su razonamiento expone que la cavidad craneal es relativamente grande y abombada, algo lógico a la hora de albergar el voluminoso cerebro de un mamífero, en este caso, obviamente acuático.

Esta claro que tan solo con las imágenes como única evidencia resulta una ardua tarea el llegar a un diagnostico definitivo, y por lo tanto a una identificación concluyente. Dos especialistas en la materia han expuesto sus teorías basándose en lo observado en las imágenes y el resultado no podía ser más sugerente, tanto por uno como por el otro, pero obviamente sin los restos como método de identificación definitiva nos quedamos a mitad de camino entre el sueño de que criaturas prehistóricas hayan logrado sobrevivir hasta nuestros días, o ante una explicación mucho mas banal y sencilla que no nos haga retroceder millones de años en el tiempo.

David Heylen Campos y Gustavo Sánchez Romero

 
© www.esencia21.com (el contenido puede usarse libremente citando la fuente) - Contacto: correo@esencia21.com