" EL MARSUPIAL GIGANTE AUSTRALIANO"
¿Pueden existir hoy en día criaturas con aspecto de conejo de hasta tres metros de largo en tierras australianas?. Lo que en apariencia tiene una fácil y lógica respuesta, se complica ante la evidencia que supone que cientos de testigos aseguren sin ningún género de dudas haberlas visto a lo largo de los últimos dos siglos. Los criptozoólogos opinan que puede tratarse de ejemplares supervivientes de Diprotodon, un macizo marsupial gigante que terminó oficialmente sus días hace más de diez mil años.
La fauna de Australia es absolutamente fascinante, empezando por la propia existencia de los mamíferos marsupiales, frente a la presencia casi testimonial de mamíferos placentarios, y llegando al terreno virulento de los reptiles, donde las áridas planicies australianas albergan el dudoso honor de acoger a siete de las diez especies de serpientes venenosas más peligrosas del planeta. No es extraño por tanto que también la criptozoología haya puesto sus ojos en esta isla-continente, buscando en su particular geografía pistas sobre animales desconocidos o que oficialmente no debieran existir por considerárselos extintos. Buenos ejemplos los constituyen el gigante hombre salvaje australiano o Yowie, los célebres y multiformes bunyips o el más cercano Tylacine, en vías de recuperación a través de la clonación. No obstante no son los únicos críptidos de cuya existencia hoy en día se sospecha, siendo el Diprotodon uno de los más contundentes ejemplos de las sorpresas que aún pueden aguardan a la zoología de ésta región del planeta.
Un conejo de tres metros.
La historia moderna de esta criatura comienza como tantas otras en criptozoología con la llegada de colonos a nuevas y desconocidas tierras, que permiten el conocimiento de las más variopintas leyendas indígenas y los primeros contactos visuales con una fauna lógicamente desconocida. Australia no fue ajena a la fiebre del oro, de tal manera que cientos de buscadores hacían vida en los áridos desiertos centrales y mesetas, de donde regresaban tras largos y duros periodos de tiempo con un sin fin de historias sorprendentes, entre las que se encontraba la de la observación de unas extrañas criaturas con aspecto de conejo, pero de nada menos que tres metros de largo, como sí de rinocerontes se tratara. Los relatos dejaron de ser ocasionales y objeto de descrédito convirtiéndose en moneda común y zoológicamente fiables bien entrado el siglo XIX, describiéndose entre sus características la presencia de dos grandes incisivos en su mandíbula superior y una desconcertante agilidad, que pese a su aparentemente descomunal peso, les permitía huir a gran velocidad hasta prácticamente desaparecer, como por arte de magia. Descartada la posibilidad de que se tratara de criaturas ya conocidas o de exageraciones de los buscadores de pepitas de oro, los naturalistas comenzaron a barajar hipótesis sobre la naturaleza de tal criatura, planteándose como principal candidato para explicar los persistentes casos al Diprotodon (el que tiene dos dientes delante), un marsupial gigante de cuerpo robusto extinto al final de la última Era Glaciar. Al igual que ocurrió con otros animales, como los tigres de diente de sable o los mamuts, los diprotodontes fueron víctimas del cambio climático operado a nivel planetario hace más de diez mil años, y que en el caso de Australia provocó la desecación de buena parte de su territorio. Hoy en día es posible encontrar decenas de “cementerios” de estas criaturas en los desiertos australianos en los que se apilan los huesos de centenares de ejemplares que sucumbieron al calor y a la falta de agua, factores a los que sin duda fue especialmente sensible el diprotodon al considerarse que su hábitat era semiacuático, como el de los rinocerontes y tapires, con los que probablemente estuvo emparentado tal y como ya apuntó el célebre Bernard Heuvelmans.
Supervivientes, una hipótesis plausible.
De este gigante herbívoro, con un cráneo que podía alcanzar hasta un metro, se localizó en la primera mitad del siglo XX un ejemplar en buenas condiciones, conservado en las saladas agua del Lago Callabona, por lo que su morfología es bien conocida. Y tal vez su antigüedad no tenga que ser necesariamente demasiado grande. Algunas tribus australianas conservan el recuerdo de cómo sus antepasados los cazaban, y si bien tales tradiciones son tomadas con cautela, los zoólogos no ven inconveniente en aceptar que hasta hace tres mil o incluso dos mil años dichas criaturas pudieran sobrevivir, comportándose como nómadas en busca de agua a través de un territorio hostil cada vez más seco, pero con ocasionales “oasis”. Esa posibilidad aún vigente la barajó ya el naturalista australiano Ambrose Pratt, padre de la hipótesis del Diprotodon para explicar la existencia de tan desconcertante criatura, defendiendo también la hipótesis de su supervivencia el profesor John Walter Gregory y el naturalista Ludwig Leichhardt, aventurero éste último que pagó con su vida su pasión por localizar un ejemplar vivo de nuestro protagonista. Desde su llegada a Australia en 1841 y hasta su desaparición en abril de 1848 no descansó en su intentó por cazar al Diprotodon, de cuya existencia no albergaba la menor duda tras años de recopilación de testimonios y evidencias.
Fdo: José Gregorio González |